La entrada no podía tener otro título que éste después de la noche de ayer sábado. Alguno diría casi que ya me puedo ir tranquilo de Berlín: ya conozco el Panorama (con mayúscula, que no estamos hablando del panorama general). También es cierto que si me fuera ahora me iría con 14 euros menos en el bolsillo, y otros 1,5 menos del ropero, y con el cuerpo hecho polvo, pero eso es otro tema.
No sé si el fin de semana empezó bien o regular: el viernes decidimos juntarnos aquí en casa para tomar algo mientras decidíamos dónde ir después (en buena hora se nos ocurrió dedicar la tarde del viernes a hacer limpieza general), pero como suele ser habitual (te puedes ir a 2.000 kilómetros de casa, pero algunas cosas nunca cambian), acabamos apalancados aquí hasta pasadas las 3, momento en que la gente decidió que ya era buena hora para enfilar hacia casa. Parecía que al final Dani iba a tener razón y que nos íbamos a pasar el fin de semana en el sofá... Aunque en cierto modo era esperable (ya digo que es lo que casi siempre pasa), siempre es una decepción que la noche muera así. En cualquier caso fueron unas horillas interesantes de conversación animada y buenas risas (ayer todavía me reía yo solo con el chiste de la sal gorda...).
Comiendo sushi en Oranienburgerstrasse
El sábado comenzó todo con mucha mejor pinta. Para empezar, estuvimos comiendo en uno de los muchos japoneses de la ciudad que ofrecen ofertas de 2 x 1 ó
happy hour de
sushi. Por menos de diez euros puedes comer más o menos bien (mucho
sushi tendría que comer yo para poder decir que he comido hasta reventar) y probar unas cuantas cosas diferentes. Entre los comensales estaba Gonzalo, mi antecesor en el puesto en la oficina. Tras conseguir una buena segunda fase en Múnich se ha pasado este fin de semana por aquí para recoger algunas cosillas y ver de nuevo a los viejos conocidos del año pasado, así que por fin pudimos conocernos personalmente y pude confirmar que es un gran tipo.
Después de comer nos pasamos por el café Zapata en la misma Oranienburgerstrasse. Este original café donde a falta de calefacción lanzan llamaradas de fuego al aire para calentar, está situado en los bajos de Tacheles, por lo que bien pronto podría dejar de existir... Pasamos allí otro buen rato charlando y riendo como siempre, mientras se iban fraguando los planes para la noche.
Comiendo sushi en Oranienburgerstrasse
Y por fin llegó la noche (ah, no, que es que aquí anochece a las cuatro y media de la tarde...). Nos fuimos cada uno a casa a descansar y cenar hasta las 10, la hora H del día D en el que por fin parecía que iba a llegar el momento: íbamos a ir a Panorama. Vanesa y yo pasamos la tarde con una de las peores películas que he visto últimamente (no diré que en mi vida, porque he visto cosas muy malas, pero ahí ahí anduvo): Melissa P. Os la recomiendo a todos encarecidamente, por aquello de que mal de muchos...
Después de cenar algo de pescado (mamá, ya ves que me cuido, ¿eh?) nos preparamos y salimos al frío polar de Berlín para tomar la ciudad. El plan era sencillo, esta vez no podía fallar: precopeteo en algún sitio cerca de Warschauerstrasse y luego directos a Panorama. Nos juntamos un montón al final y conquistamos buena parte de un bar bastante majillo donde tomar algo. Después de casi tres horas empezamos a mover hilos para arrancar a la gente de las banquetas y tratar de continuar con el guión previsto. Como siempre que hay desplazamientos nocturnos, buena parte del grupo desapareció en ese momento, por lo que sólo quedamos cinco elegidos para afrontar la noche en Panorama: Isaac, Lucía, Sandra, Vanesa y yo. Pero estábamos firmemente decididos, nada podía apartarnos del camino elegido.
Después de perdernos brevemente en el S-Bahn llegamos. Panorama es una de las discotecas más míticas de Berlín y otro ejemplo más del afán reutilizador de esta ciudad: se encuentra en una antigua fábrica en medio de un descampado. Son tantas las historias que se oyen sobre ella que no podíamos evitar sentir un cosquilleo en el estómago, o náuseas si lo que le cuentan a uno es la historia de la fiesta "ska", que en este caso no es un tipo de música, sino la abreviatura de "escatológica" (que te digan en un sitio que "yo que tú no entraría..." tiene que dar qué pensar). Tiene, entre otros, el dudoso honor de ser el local nocturno de Berlín donde (supuestamente) más drojas con Cola Cao se consumen.
La entrada en sí es ya toda una odisea: la cola puede llegar a durar hasta varias horas (aunque nosotros no llegamos a estar ni una hora fuera) y nada garantiza que lo vayan a dejar entrar a uno. Según nos íbamos acercando a la puerta la tensión aumentaba. Íbamos viendo cómo rechazaban a grupos de gente sin ningún criterio uniforme que pudiéramos apreciar: gente pija, gente más bien dejada, grupos de chicos, grupos de chicas... Isaac nos recomendaba bajar la mirada, cerrar la boca y tratar de no llamar demasiado la atención ("como consigamos pasar me voy a relajar tanto que me voy a cagar encima...").
Pasamos la primera prueba sin problemas. Después del habitual registro exhaustivo tuvimos que rascar la cartera para reunir los 14 euros que costaba la entrada esa noche, unidos al euro y medio que cuesta el ropero (y 50 céntimos más si vas durante la noche a coger algo del abrigo...). Ya estábamos preparados, empezaba nuestra noche en Panorama.
Lo primero que ve uno al entrar es que se han montado un chiringuito a partir de prácticamente nada. Te mueves entre escaleras metálicas, columnas y paredes de cemento, máquinas abandonadas... Algunas de las salas son lo más parecido que he visto a la discoteca clandestina de Blade, donde los vampiros celebran sus
rave con baño de sangre incluido (aquí no hay baños de sangre, pero en la fiesta escatológica hay baños peores...).
La planta de abajo no se llama propiamente "Panorama", que en sentido estricto es sólo la de arriba. Oficialmente es la dedicada al público gay, aunque al final te los encuentras por toda la discoteca (no sé si la mitad o más de los asistentes son gays); a medida que pasas al fondo a la izquierda se puede apreciar claramente una disminución progresiva en la cantidad de ropa que llevan puesta, por lo que resulta una escena bastante curiosa para los que venimos de ciudades pequeñas y más bien conservadoras.
Las dos plantas tienen música independiente con su propio DJ, pero en ambos casos se trata de techno (cómo no). En cualquier caso era algo más bailable que el que nos tocó escuchar por ejemplo en el Watergate.
Una vez que uno se integra en la fiesta, se empieza a entender el por qué del nombre de la discoteca, porque vaya panorama... Para los que no estamos acostumbrados a este tipo de locales, aquello es todo un espectáculo. Está todo lleno de tíos cuadradísimos sin camiseta (yo mantengo la teoría de que en Alemania no hay gordos ni viejos, sino que los mandan a Mallorca a jugar al golf y no les dejan volver; creo que hacen lo mismo con los gays que no marquen tableta), entre los que aparecen de vez en cuando algunos individuos que madre mía... Más allá de alguna que otra "locaza", te puedes encontrar una versión de Paquirrín con pechos que no se corta en enseñar, una tal Kirsten que antes se llamaba Lukas, o un doble de Maradona con bigote... Menudo
show. En cualquier caso ya digo que el modelo más repetido era el de tío cachas sin camiseta; pero en este caso, además de los tipos que ya describí tras el Sensation White, llamaban particularmente la atención los mostrencos a lo (homenaje a Borja Pérez) "acabo de salir de la cárcel en la que Michael Scoffield y Chuck Norris acabaron llorando y entre mis efectos personales no me han devuelto los calzoncillos".
Foto denuncia
La verdad es que nos lo pasamos muy bien y casi hasta me siento orgulloso de haber estado allí. No esperaba que acabaría compartiendo noches de fiesta con un tío vestido con un delantal de cuero negro... como única prenda. Es un lugar de esos que hay que conocer para entender la ciudad, aunque está claro que no es para todo el mundo y que no podríamos llevar allí a cualquier visita que venga por aquí. Lamentablemente no se podían hacer fotos (ni siquiera llevé la cámara, no fuera a ser que la liáramos al entrar), así que os tendréis que conformar con mi relato y con el testimonio gráfico de la hora a la que llegamos a casa y el sello de la discoteca... Es una pena que se nos pasara entrar al final al cuarto oscuro, una sala a oscuras en la que sólo Dios sabe lo que puede llegar a pasar...
Vaya panorama, panoramazo.
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